Tenías algo curioso cuando pensabas, te colocabas la mano en el mentón y te la frotabas, era cómico verte ya que parecías una caricatura. También recuerdo esa ternura juguetona y tímida que salía de repente de ti y que la ocultabas con tu agresividad sarcástica. Eras tan chistoso cuando hablabas tus estupideces, me hacías llorar de risa, y los que estaban a tu alrededor te seguían y se contagiaban.
Pero aún con todo ese derroche de alegría y felicidad yo sabía que de tras de ese brillo incesante de vida existía un espacio sombrío. Una vez en una borrachera me contaste como fue tú niñez, y de tantas cosas buena y malas, una me dejó con el corazón a mil... abusaron de ti. No pude contener esas lágrimas recordando tus palabras, quizás nunca lo hubiera sabido sino hubiéramos ido a ese carrete de la Pauli, pero se dio y de una manera algo inesperada lo supe y desde ese momento te vi como alguien valiente, fuerte y maduro. Dejaste a tras tanto, sin algún rencor que carcoma tu interior, sin algún temor que te consumiera, y eso es decir mucho ya que en otros casos nunca se llega a superar algo así. Entendí en ese instante de confidencia que tú no veías el mundo como yo y que aún me faltaba mucho por saber de las cosas.
Cuando terminaste de contarme me llegué a sentir absurda ya que mis problemas no eran nada, y en un arrebato te abrace y te dije al oído... hoy no estas solo, yo estoy contigo, y con esas palabras al viento como algo natural te comencé a querer.
Estaba escribiendo y vi tu nombre. No pude evitar recordarte. Hoy ya son diez años que no te veo...
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