miércoles, 17 de diciembre de 2008

Desvelos con sabor a miel.

Latía mi corazón como el tambor de aquél día de Julio, pretendí no prestar atención a ese susurro que me decía que te amaba, pero era inútil, seguía allí y no dejaba cerrar mis parpados. Observé tu fotografía en mi pared, esa que nos tomamos en la cima de la montaña, era un día gris lo recuerdo bien ya que, al bajar, comenzó a llover. Me levante de la cama buscando el album que hicimos juntos, ese que callo de mis manos cuando escuche en las noticias sobre el trágico accidente en tu moto. No recuerdo nada más porque me desvanecí al instante. Abrí la ventana de la habitación para dejar volar esas lágrimas que me recorrian el rostro, sentí que la briza me acariciaba como tus manos lo hacían cuando tratabas de secar mi llanto, respiré profundo y miré a mi alrededor buscando algo, pero se esfumo inmediatamente mi busqueda, tu no estabas allí afuera... estabas dentro de la habitación en donde me encontraba. Observé tu rostro quieto sin expresión y pude ver a aquél hombre que me hacía reir, me acerque con impotencia y amargura hacia ti, te movi bruscamente tratando de despertarte de ese sueño profundo que te tenía atrapado, pero fué inútil... nunca me volviste a decir hola. Atiné a recostarme en tu pecho y sólo te observé dejando transcurrir el tiempo, al poco rato me quedé dormida y no supe nada más de ti ni de mi. Pronto amaneció y me desperto una melodía a lo lejos, me levanté y me incliné para darte un beso en la frente, te observe por última vez y sin más... te desconecté.