martes, 29 de mayo de 2012

En tu interior.



    Y eran las nubes de una forma extraña ese día. Las vi dispersas en esa gama de cielo celeste que acudía a decirme que sería un día soleado.
   Iba a una prueba de gramática y, como era de rutina diaria, iba a llegar tarde. El profesor como siempre me daría el discurso de la puntualidad y yo impartiría a sólo escucharlo parafrasear, pero algo me hacía sentir que no había prisa y, con una calma como si existiera tiempo extra, caminé por la avenida sin estar al pendiente del reloj. Mi mente divagaba con la música y observaba, al pasar, los rostros de la gente. Iban dispersos y ensimismados en su propia existencia sin preocuparse de la globalidad que los envolvía. Me sentí algo extraviada al estar en medio de aquel tumulto, yo no era como esa mayoría y, quizás muchas veces, por ese motivo, quise irme de la ciudad para tomar un  rumbo diferente, al cuál, desde muy pequeña viví inmersa, lo vi en el rostro de mi padre y de mi madre al llegar del trabajo, y me dije que nunca me vería así.
   Me detuve fuera de la entrada principal de la universidad y, estando allí, di media vuelta y seguí mi camino.  No sabía exactamente que hacía ya que aquella decisión me llevaría a dar un examen a final de semestre. Intente, con la duda en los dedos, llamar a Sebastián, pero ni siquiera atiné a sacar el celular, ¡el Seba! me dije, pensando después, lo conozco de tan poco tiempo y se ha convertido en un refugio para mi rara singularidad, supe, desde el día en que lo vi sentado en las sillas del pasillo, que por alguna razón nos conoceríamos. Curiosamente era compañero mío en una de las cátedras. En ese tiempo hacía dos carreras, pero más adelante se decidió por Literatura, y así nos fuimos conociendo poco a poco, pero no mentiré al respecto, me enamoré de él desde entonces y eso, algunas veces, a dificultado nuestra amistad. Pero eso no quita que no haya tenido otras relaciones, siempre existía alguien con quien pasar el tiempo y acompañarme de algún modo. Él está con alguien y eso aleja mis esperanzas de algún día poder decirle lo que siento, estuve muchas veces a punto de gritárselo, pero el miedo idiota y estúpido de ser vulnerable me hizo detener la boca y dejar pasar el momento. Me encontré pensando en eso mientras cruzaba la calle, esperaría a Sebastián y al resto a que salieran de clases para poder preguntarles sobre la solemne.
   Me fui a un parque cercano que se encontraba a la vuelta. Me estiré en el pasto que aún estaba algo frío y apoyé mi cabeza en la mochila. Con un aplauso del público empezó a sonar la melodía de la guitarra acústica del unplugged y me adormecí en él viajando y divagando en los sonidos, si era un Sol o un Mi, o quizás un Fa. Me extasié en la penumbra tranquilizadora de mis párpados y percibí la soledad que sostenía aquel lugar. No quería abrir los ojos para no perder aquel instante, pero por alguna razón sentí que se me escapaba de las manos. Traté de leer un poco, pero las letras se disipaban y desistí en seguir. Encendí mi pipa para calmar la impaciencia que se agrupaba y, al ver mi celular, me di cuenta que ya habían transcurrido tres horas. Fue raro que Sebastián no me llamara, él siempre era el primero en llamar si faltaba a clases. Fui a buscarlo a la facultad, pero no divisé a nadie conocido, intenté llamarlo al celular, pero lo tenía apagado. Algo no estaba bien pensé, quizás no hubo prueba o quizás se quedó dormido, pero aún con tanta explicación lógica que pudiera existir, no se calmaba mi cabeza y eso me perturbaba, quizá la marihuana me estaba jugando en contra y hacía que pensara cosas que no debían ser. Decidí ir a su casa, no recordaba exactamente qué calle era, sólo recordaba la casa color blanca, pero tanteando por los pasajes llegaría igual. La encontré y toqué su puerta, pero nadie salió de ella, la impaciencia se hizo más grande y seguí tocando y gritando el nombre de Sebastián, pero nadie respondió a mi llamado, a regañadientes me fui sin realmente saber a dónde ir. Caminé largo trazo pensando en qué pudo haber pasado y estuve a punto de explotar en llanto, pero un éxtasis mezclado con un toque de olvido se apoderó de mi razón y atrajo a la inconciencia. Veía el piso moverse hacia adelante y hacia a tras, se me hacían gigantes los pasos y todo era gracioso. Me burlaba tontamente de la gente y muchas veces creí caer hacía el cielo. Me detuve en el paradero para apaciguar las sensaciones y descansar de tanto alboroto, en ese instante recordé que no recordaba nada antes de ese día, mi mente era un laberinto sin termino y no quería indagar más de la cuenta en él. Quise dejarme llevar y, por primera vez, pude caminar sin pensar. Me deleité de lo sencillo y anduve sin fin. Me escurrí por lugares que siempre quise ir y que, por cuestiones de tiempo y dejadez, no pisé. Era como un fantasma, sentía que flotaba libre sin presiones y casi, sin darme cuenta, se hizo de noche.
   Caminé a mi casa ensimismada en el día particular que tuve. Llegando al pasaje note una sensación rara en el aire, como una pesadez que se incrustaba en mi piel. Divisé a lo lejos gente en mi casa, me pareció raro ya que mi madre no me mencionó nada. Entre por la reja del costado buscando a mi madre, pero no la pude encontrar, nadie me miraba y decidí entrar por la cocina. Al abrir la puerta, sentados al rededor de la mesa, se encontraba mi hermano y Sebastián. No podía hilar las cosas, aún seguía con el letargo de la droga y no entendía el porqué del motivo de la gente, de la presencia del Seba en mi casa y abrazando a mi hermano que lloraba sin calma. Traté de hablar, pero la voz se me cortó y, en ese instante, las imágenes se agolparon en mí, desordenadas y frías. No quise ver, ni sentir y ni siquiera entender, sólo atiné a seguir caminando desorientada como buscando algo que no tenía ya importancia. Recorrí la sala mirando a toda la gente y en una esquina, al fondo, lo que quería saber.
   La realidad me abofeteó la cara al ver el cuerpo tendido que yacía en aquel pedazo de madera. Un vacío punzante se coló en mis huesos, cerré los ojos y salí corriendo para no ver más, al abrirlos me encontraba en el patio trasero, en él estaba Sebastián fumándose un cigarrillo. Algo disperso mirando a la nada se proponía a encender otro cuando por su mejilla rodó una lágrima. Me acerqué a él y le acaricié el rostro, le di un beso y con un susurro al oído me despedí y le dije que esperaba volverlo a ver, y antes de darle la espalda, con la garganta entrecortada, me respondió que me vería siempre en su interior, y sin más me embargó la paz y el éxtasis, se apoderó de mi el descanso, elevándome y dejándome libre una vez más ya que, el cuerpo sin vida que lloraban, era yo.     

lunes, 14 de mayo de 2012

Versos configurados lejos, en una travesía algo perdida que una vez un hablante narró al aire para ser escuchado por la noche taciturna y silenciosa. El camino no le predijo que ese sería su último desvelo, pero aún como si lo supiera, permitió que algo más que él rozara sus labios, dejando escapar melodías compaginadas  en su memoria, El amanecer le avisó al oído que ya era hora de partir, y con un suspiro desfalleció en un largo sueño de regreso a casa.