domingo, 14 de septiembre de 2008

Ocho de Septiembre.

Era uno de esos días de Septiembre medios calurosos con brizas frescas, anunciando la primavera. Nos juntamos en el Hospital, era día de visita. No recuerdo bien la hora, pero estabamos justos, ya estaban entrando. Encontramos a papá de pie esperando por nosotros, medio impaciente y decaido. Su padre estaba en aquella camilla. Recuerdo muy bien que a los pies de la cama, se encontraban unos médicos con algunos estudiantes, viendo el caso de mi abuelo. Note que tenía puesta una mascarilla para respirar, sus venas del cuello las tenía inflamadas, como cuando uno agota el aire de sus pulmones al momento de gritar. Mi papá y hermano salieron de la habitación, para hablar con tranquilidad, con el médico. Al quedarme sola contigo, no pude controlar mis emociones, sabía que algo ocurria, algo grave, en cierto sentido. No te dije nada, no pude, tenía un nudo grande en mi, quería explotar con mil palabras, decir cuanto te quería y que lo sentía por las cosas que hice y las que no, pero sólo hubo silencio, un silencio absurdo, porque a nuestro alrededor había un mundo. En ese instante de indecisión, giraste tu rostro hacia mi y te detuviste en mi mirada. Te observe fijamente, no dejando escapar ni un segundo. Tuve la sensación que se detuvo el tiempo entre los dos, fué inesplicable para mi. Comprendí inmediatamente tu mirada, no necesite palabras para escucharte, y creo que tu tampoco. Hubo en aquél momento muchas disculpas, volaron miles de perdón, pero sólo hubo un adios, que despues, sin esperarlo, lo viví. Al entrar mi padre a la habitación supe lo que se venía, "los médicos le dan una semana más de vida", dijo mi hermano. Con un "qué" contundente calle. Susurrandole al oido con lágrimas en los ojos, mi padre se encontraba, al lado de mi abuelo: " descansa papito, cumpliste con nosotros. Lo hiciste todo bien, mira a tus nietos, a tus hijos, lo lograste, hiciste un gran trabajo. Ahora sólo duerme", sin más, mi abuelo, poco a poco, dejó de existir. Nadie lo esperaba, nos dijeron: " los estaba esperando", al oirlo, sentí ahogarme en el dolor. Ví, por última vez, tu cuerpo, en aquel mesón de metal, tendido, aún tibio, pero ya sin vida. Recuerdo, que al llegar a casa, me derrumbe en mis sabanas, no pude más. Las lágrimas fluían sin control. El resto, tu velorio y tu entierro, fué fugaz. Era una realidad paralela. El vacio se hizo sentir después, sobraba el tiempo, creo que, en alguna forma, me hacías falta. Te extrañe.

Falleciste un Miercoles ocho de Septiembre a las doce y cuarenta y cinco de la tarde, te enterramos a los dos días después. Te quice, pero me di cuenta en los últimos días....perdóname.

En memoria de...

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